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Artículo publicado el 18/5/2011   
 
 

PLURALISMO POLÍTICO Y PARTIDOS

 
1.  El pluralismo político es uno de los principales requisitos para la convivencia pacífica en la sociedad actual. Consiste, en esencia, en el reconocimiento de una variedad de formaciones sociales existentes entre el individuo y el Estado, en las cuales el individuo vive y desarrolla su personalidad y en las que se integra para asegurar el cumplimiento de sus intereses y metas personales. La cultura pluralista

«señala hacia una visión del mundo basada, fundamentalmente, en la creencia de que la diferencia y no la semejanza, el disentimiento y no la unanimidad, el cambio y no la inmutabilidad, son las cosas que llevan a una vida agradable.»

Implica una postura relativista hacia el resto de los que componen la sociedad, aceptando la existencia de diversos puntos de vista sobre la realidad. También cuenta con un contenido conciliador, pues la existencia de diversos centros de intereses facilita, agregando opiniones y planteamientos afines, la formación de la voluntad política. Los grupos en los que el individuo se integra para compartir intereses comunes pueden configurarse también como centros de poder, si tenemos en cuenta la influencia que pueden ejercer sobre sus componentes. El pluralismo político también provoca que, en el lugar donde estaban los individuos en el liberalismo, se coloquen los grupos a los que aquéllos pertenecen. Representan un nuevo poder -el que ejerce el líder del grupo- que se añade al poder externo a los grupos, bien el mercado, bien el Estado.

Tanto en los grupos sociales como en el conjunto de la sociedad, ha de valorarse positivamente el conflicto que pueda darse entre la mayoría y la oposición a la misma. El pluralismo conflictual (pluralismo conflittuale) dentro de las reglas del juego democrático es la manera óptima de seleccionar los dirigentes más capacitados y de encontrar las mejores soluciones a los problemas que plantea la convivencia.

Este hecho sociológico de la multiplicidad ha sido reconocido jurídicamente como un principio de organización y valoración de la convivencia, íntimamente ligado a la democracia. Como afirma SARTORI, la democracia no está basada en el consenso, sino en el conflicto, en el disenso.

El artículo 1.1 de la Constitución española de 1978 (en adelante CE) incluye el pluralismo político como uno de los valores superiores del ordenamiento jurídico, conjuntamente con la libertad, la justicia y la igualdad. Es, probablemente, una «reacción frente a la situación política precedente» para remarcar el carácter democrático de nuestro sistema político. Supone la «garantía jurídica de la posibilidad del otro». El principio del pluralismo cumple dos importantes funciones: permitir el libre desarrollo de la personalidad y la participación de los individuos en la dialéctica política.

A pesar de las dudas sobre su carácter valorativo autónomo, pues se le ha considerado incluido dentro del concepto de libertad, el Tribunal Constitucional ha remarcado que tiene un contenido normativo propio, sirviendo para interpretar el conjunto del ordenamiento jurídico. Como valor político es el más reciente en la cultura política occidental de los mencionados en el artículo 1.1 de la CE, aunque está íntimamente ligado a ellos.

«El pluralismo implica la libre e igual concurrencia de las formaciones políticas de base social (...); articula la libertad, pues ésta se desenvuelve dentro de los grupos; modula la igualdad, evitando la homogeneidad; y se inspira en la justicia, para que los grupos no se conviertan en agregaciones oligárquicas.»

2.  LUCAS VERDÚ descompone este principio en varios subvalores, que están interrelacionados entre sí de forma escalonada: tolerancia, cooperación y relativismo. Veamos cada uno de ellos.

Tolerancia: la convivencia, en democracia, no se agota con la mera yuxtaposición de distintos grupos sociales, sino que supone la interrelación entre ellos. La diversidad de los grupos puede aparejar la existencia de opiniones o ideas que no se compartan y generen tensiones y enfrentamientos. La tolerancia se refiere a esta interrelación, que puede tener diversas acepciones.

TOMÁS Y VALIENTE distingue tres sentidos de tolerancia: como arte de gobernar, consistente en un comportamiento elusivo de un superior respecto al castigo merecido por un inferior para evitar males y riesgos mayores a éste; como el derecho a equivocarse, relacionado con el valor igualdad y que comprende la aceptación del error en que haya caído el otro (en este sentido también MENDUS); y, por último, como una virtud que, entre iguales, conduce a la búsqueda de la Verdad Total con respeto a la conciencia y creencia de cada cual. OBERDIER distingue entre bare toleration (los tolerados son invisibles para los tolerantes, pero aquéllos los tienen bien presentes para evitarlos y no tener problemas con ellos); mere toleration («live and let live» -vive y deja vivir-, que implica el reconocimiento del otro como un inferior); full tolerance (cada uno tiene que vivir según su entendimiento y conseguir esto es valioso pues al reconocer la bondad de que cada uno viva su vida, podemos llegar a interactuar con los demás para conseguir nuestras metas); y, full acceptance (se consideran iguales las distintas concepciones de la vida, aunque se aprecian las diferencias entre ellas). LOCKE se colocaría en la órbita de la «mere toleration» al defender que «si cualquier hombre yerra del camino correcto, es su propia desgracia», al igual que LUCAS VERDÚ. CATALÀ I BAS distingue solamente, sin usar estas palabras, entre mere toleration y full tolerance. Nosotros optamos por la acepción que parte de la consideración como igualmente valiosas de las diferentes visiones que puedan existir en la sociedad, aceptando las diferencias sobre las mismas y construyendo sobre aquello que se comparte.

Existiendo el conflicto, la tolerancia es necesaria para mantener la diversidad que aprovecha al conjunto de la sociedad, aunque también es necesaria para el pluralismo pues «no siempre pueden reconciliarse armoniosamente todos los valores que existen en la sociedad». Junto con la necesidad de que el Estado respete las opciones vitales del individuo, MILL destacaba la necesidad de protección también contra la tiranía de las opiniones y sensaciones mayoritarias en la sociedad: «ni la sociedad ni el Estado pueden actuar sobre el individuo para buscarle su propio bien, pues sólo el individuo sabe cuál es éste». De esta manera, abandonamos una concepción liberal de la tolerancia y tendremos que potenciar la cooperación entre los distintos grupos de iguales. En este sentido, nos oponemos al resumen del credo liberalista que RUSSELL sintetizaba en «vive y deja vivir, tolerancia y libertad hasta donde permita el orden público, de moderación y ausencia de fanatismo en los programas políticos», aunque coincidamos en que la esencia de la tolerancia está «no en qué opiniones se sostienen, sino en cómo se defienden».

Cooperación: como consecuencia lógica del dinamismo social, a medida que un grupo se movilice para la consecución de sus intereses, su actuación afectará a sus convivientes. La diversidad de la que se parte en la sociedad exige la cooperación entre los grupos y los individuos para proteger intereses comunes y, para alcanzar acuerdos parciales, la cesión de ciertas posiciones para recibir contrapartidas. El subvalor de la cooperación posibilita el consenso, que se plasma en la adopción de compromisos en la práctica. Para que pueda llegarse a la interrelación hay que dar unos pasos previos:

«Certain consensus on fundamental questions of society and government; willingness to accept majority decissions, taken after free discussion; and certain economic, social and cultural development, including religious, philosophical and moral relativism».

Relativismo: la cooperación y la tolerancia conllevan como corolario la renuncia a aceptar algo como absoluto o indiscutible. La lucha por el pluralismo ha consistido en la oposición a contenidos absolutos, movida por la desconfianza hacia verdades políticas exactas inexorablemente.

El Estado democrático no puede estar vinculado a ningún fin ni a la voluntad de alcanzarlo, carecería de intención y sería neutral y equidistante de todas las ideologías: el antagonismo entre el absolutismo y el relativismo filosóficos es análogo a la oposición entre autocracia -absolutismo político- y democracia -relativismo político-. La doctrina del relativismo filosófico defiende que la realidad existe como consecuencia de la acción del conocimiento subjetivo sobre ella, por lo que no se podría asegurar la existencia objetiva de un único universo, pues todos los sujetos de conocimiento son iguales. Si traducimos esto en el mundo político -como hizo KELSEN- significará que la opinión de la minoría puede ser la correcta y que, por ello, debe tener la oportunidad de expresar libremente su opinión y tener la oportunidad real de llegar a formar la mayoría. Éste sería el verdadero sentido del sistema político democrático.

3.  El pluralismo es un principio con un alto componente activo. Permite el diálogo entre los grupos y la adopción, por mayoría, de decisiones que cierren discusiones sobre las distintas opciones que a todos afectan. Por ello, es obligación del Estado asegurar los derechos que posibiliten el pluralismo. Lo que importa, por lo tanto, es la instrumentalización que se haga en la Constitución de este principio.

La gran diferencia entre el Estado liberal y el Estado pluralista radicaría en el concepto de libertad del que parten. Mientras que en el primero se considera al Estado externo a la sociedad y ambos conceptos se contraponen (la sociedad sería tanto más libre cuanto más separada está del Estado, libertad del Estado), en el segundo se parte de que el Estado entra en la sociedad y ésta en aquél. Las dos partes de la relación se compenetran y llegan a formar un todo articulado (la sociedad es tanto más libre cuanto fundada y unida con el Estado; libertad en el Estado). En la Constitución española, el pluralismo político se realiza, principalmente, mediante el reconocimiento del sistema de partidos que se hace en el artículo 6 de la CE. Este artículo afirma que los partidos expresan el pluralismo político, considerándolos instrumentos fundamentales para la participación política. No son, sin embargo, sus instrumentos exclusivos. Otras entidades u organizaciones pueden, igualmente, manifestar dicho pluralismo, por ejemplo: sindicatos y agrupaciones de electores.

Los partidos son esencialmente dinámicos, ya que movilizan la vida política en función de determinadas ideologías que se dan en las formaciones sociales. Bajo estos presupuestos, resulta imperativo garantizar una libre e igual concurrencia de las distintas formaciones, pues difícilmente podrá hablarse, en caso contrario, de representación democrática. Nuestra sociedad se basa en el pluralismo político, como dispone en la Constitución, por lo que «ha de permitirse que los que no piensan como nosotros tengan la posibilidad de expresar sus propias ideas».

Como principales actores políticos, los partidos están muy vinculados al pluralismo existente en la sociedad, pues su función primordial es integrarlo para posibilitar la formación de la voluntad popular en el Parlamento. Esta función de los partidos fue muy criticada por Carl SCHMITT en su obra La defensa de la Constitución. Desconfía de ellos diciendo que «su admisión y reconocimiento no tiene (...) el sentido de que hayan de utilizar su participación en el proceso creador de la voluntad política como materia para pactar compromisos con otros partidos, ni como medio de explotación». Debido a que los partidos son organizaciones cada vez más organizadas y con grandes aparatos burocráticos, «el avance ascensional desde la voluntad egoísta del partido a la voluntad responsable del Estado encuentra siempre nuevas dificultades». Nuestra Constitución, al afirmar que los partidos expresan el pluralismo político, establece una relación causa-efecto entre ambos. Esta relación se ve acentuada por el hecho de que son los partidos políticos -sus miembros- los que integran los órganos estatales representativos.

Teniendo todos estos datos en cuenta hay que observar la relación existente entre los partidos y el pluralismo político. Podemos identificar, al menos, tres tipos:

- Pluralismo a través de los partidos: éstos tienen asignada la función de manifestar ante los órganos del Estado la voluntad popular, articulando el pluralismo social. Así lo prevé el artículo 6 de la CE: concurrir a la formación y manifestación de la voluntad popular. Hay que destacar la confianza que ha depositado el constituyente en los partidos para asegurar una relación permanente entre la sociedad y las instituciones estatales.

No obstante, los partidos políticos expresan el pluralismo político preexistente en la praxis. El que la Constitución hable de partidos, en plural, parece constatar un hecho de la realidad. El pluralismo configura un modelo de democracia en el que las diferencias, en vez de ser ocultadas, se hacen públicas y se confrontan en el seno del proceso político, acogiéndose la idea de democracia como proceso abierto y tolerante. La consecuencia lógica es la existencia de una multiplicidad de partidos en competencia entre sí por formar primero, y manifestar después, la voluntad popular.

- Pluralismo político en los partidos: se presenta mediante la fórmula de la democracia interna: los partidos no podrán cumplir eficazmente su misión de manifestar la voluntad popular si el pluralismo no queda garantizado en su interior. Debido al protagonismo cada vez más hegemónico que en las democracias representativas -democracias simplificadas en cuanto que se reduce el número de sus actores principales- están jugando los partidos políticos, no podemos simplificar los procesos decisionales que se den en el interior de éstos, pues el riesgo que se corre es convertir la democracia en una oligarquía.

- Pluralismo de los partidos: estas organizaciones políticas han de cumplir funciones esenciales para el sistema democrático, por lo que nuestra Constitución las reconoce de forma plural, frente a otras Constituciones de nuestro entorno -paradigmática es la Ley Fundamental de Bonn- que ponen límite a la pluralidad de partidos, vetando a determinados partidos políticos.

A la vista de esta distinción, hay que reflexionar sobre los posibles controles que puedan existir sobre estos entes. Los ordenamientos jurídicos pueden contener instrumentos para la represión de determinados partidos políticos, pero ha de destacarse que estos mecanismos pueden devenir atentados al principio pluralista. La libertad de los partidos es la libertad de las minorías, y la libertad de las minorías es, ante todo, libertad de las minorías no conformistas. En consecuencia, el Derecho de partidos, como el Derecho parlamentario, debería configurarse pensando en los derechos de las minorías y no de las mayorías. En este punto, se debe afirmar que cuanto más formal y relativista es la noción de la democracia que se persiga, mayor será la libertad con que contarán las fuerzas políticas.

4.  El control que se imponga al pluralismo político reenvía al tipo de democracia que se pretende. El mayor control sobre este valor lo establecen las denominadas democracias militantes, término acuñado por LOEWENSTEIN. Este autor exigía que

«if democracy is convinced that it has not yet fulfilled its destination, it must fight on its own plane a technique which serves only the purpose of power. Democracy must become militant».

Es decir, estamos ante una democracia amenazada. En concreto, advertía del ascenso del fascismo en la Europa de la década de 1930 y aconsejaba cómo debía luchar la democracia frente al mismo.

«This technique could be victorious only under the extraordinary conditions offered by democratic institutions (.). Democracy and democratic tolerance have been used for their own destruction. (.) Calculating adroitly that democracy could not, without self-abnegation, deny to any body of public opinion the full use of the free institutions of speech, press, assembly, and parliamentary participation, fascist exponents systematically discredit the democratic order and make it unworkable by paralyzing its functions until chaos reigns. (.). Democracy was unable to forbid the enemies of its very existence the use of democratic instrumentalities».

Se puede resumir el credo de este tipo de democracias en que se muestran intolerantes con la intolerancia, autolimitándose en cuanto al pluralismo -y a la realidad por consiguiente. FOX y NOLTE realizan una clasificación de diferentes sistemas democráticos según sean militantes- porque tomen medidas restrictivas para prevenir el cambio de su carácter democrático por la actuación de partidos antidemocráticos -o tolerantes. Añaden una subdivisión en democracias procedimentales/formales- las que proporcionan un marco para la toma de decisiones, pero que no condicionan en absoluto las que se tomen -y sustantivas/materiales- parten de la idea de que como las mayorías son temporales, los ciudadanos deben tener siempre un conjunto de derechos políticos asegurados que no pueden ser utilizados para abolir otros derechos básicos. El resultado es el siguiente:


 
Democracias tolerantes
Procedimentales Gran Bretaña, donde una ley parlamentaria es válida y eficaz una vez que ha sido aprobada siguiendo el procedimiento establecido.
Sustantivas Francia: existe el concepto de intangibilidad que atañe a ciertos preceptos constitucionales. Sin embargo, no se impone ningún tipo de restricción a los partidos políticos constitucionalmente.
Democracias militantes
Procedimentales Estados Unidos: en este país se distingue entre libertad de comunicación (incluye la libertad de asociación en partidos políticos) constitucionalmente protegida y la que no lo está.
Sustantivas Alemania: existen cláusulas constitucionales de intangibilidad y limitaciones directamente establecidas por la Ley Fundamental de Bonn a los partidos políticos.

 
5. En definitiva, el pluralismo político se incardina en los partidos, no existiendo aquél si no lo representan éstos y viceversa. Debido a la estrecha relación que entre ambos existe, la regulación partidaria ha de moverse entre dos polos:

- garantizar la libre e igual concurrencia de partidos para realizar el valor pluralismo político; y

- evitar que estas asociaciones socaven el valor jurídico que los sustenta, piedra angular de nuestra democracia.

 
 
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